domingo, 18 de diciembre de 2011

La muerte de Gea


XXII


Guerrero que miraste a los cielos,
viste que se tornó opaco y gris,
perdiste el aliento, adivinaste el fin,
batalla perdida, llegan los miedos.

Gea llora, es la diosa desterrada,
perdió su vitalidad, perdió lozanía,
nadie percibe su letal agonía,
la diosa vital perece, está acabada.

Guerrero que creciste en la selva,
aprendiste a escuchar a los árboles,
Natura y vida fueron tus cánones,
hasta hoy tu vida se mostró serena.

Gea, observas al guerrero abatido,
ayudarlo no puedes pues no llegas,
su llanto y pesar a los cielos elevas,
con tristeza le ves marchar vencido.

Guerrero, caminas por sendero árido,
antaño fue fértil, próspero e infinito,
impotente al conocer el gran delito,
mutilado tu alma, el coraje ha huido.

Gea, madre tierra, diosa de la vida,
tu cuerpo se torna frío y pétreo,
expulsada de tu reino cual vil  reo,
sólo cimientos quedan de tu baída.

Guerrero que osaste mirar atrás,
árido y yermo lugar contemplaste,
lágrimas de dolor derramaste,
lo que desapareció, no volverá jamás.

Gea muere lentamente, agoniza su vida,
con rabia, desdén y ambición la hirieron,
sus verdugos, al poder sucumbieron,
lamento, pesar y tristeza ella transpira.

Guerrero desterrado, lloras a la diosa,
luchaste por ella y te derrotaron,
natura, vida... todo desolaron,
cordura, fue tu arma poderosa.

Gea, lo suplico, resquebraja la desidia,
perdónales, olvidaron la lección,
perdónales el mutismo, la omisión,
sordos, ciegos y mudos, crearon la insidia.


Edición audiovisual creada por Jesús Vera:
http://www.youtube.com/watch?v=sBX0wApGrwQ&feature=youtu.be

viernes, 16 de diciembre de 2011

La estación. Parte final

La víspera del fatídico día llegó, habían planeado ir a todos los lugares en los que guardaban algún recuerdo o anécdota. Al contrario de lo que esperaban, había sido un día pletórico, rieron como nunca al memorar sus recuerdos. Charlaron sin parar, completando uno, las lagunas del otro. Fueron a los recreativos y gastaron prácticamente toda la paga del mes en los futbolines, después de una copiosa cena en la pizzería, caminaron de regreso a casa por el paseo del río. Un silencio incómodo les acompañó, ese pensamiento que tanto habían evitado apareció sin intención de abandonarlos, ambos sentían que la congoja se apoderaba de ellos.

El muchacho levantó la vista, una mueca a modo de sonrisa apareció en su rostro, sin decir nada, cogió la mano de la muchacha y la guió hacia el lugar que había divisado, ella se dejó llevar haciendo un amago de sonrisa. Ambos se pararon frente a una cabina de fotomatón . Tras un intercambio de miradas cómplices, ambos entraron en el interior. Ella corrió la cortinilla mientras él echaba unas monedas en la ranura de pago.
"¿Por los viejos tiempos?" preguntó con una amplia sonrisa, ella asintió enérgicamente con la cabeza. "¡Por los viejos tiempos!" exclamó. Entre risas, muecas y bromas, cuatro fogonazos congelaron para la prosperidad el reflejo de una amistad que no podrían olvidar nunca.

Llegaron al cruce donde debían separarse, los corazones de los chicos golpeaban con tanta fuerza sus pechos, que era imposible que uno no escuchara los latidos del otro. Se miraron con ojos vidriosos, él le había hecho prometer que no iría a la estación, que sería mejor así... despedirse como siempre lo habían hecho, como si se fuesen a ver al día siguiente, aunque sólo fuese una ilusión.
Ella no aguantó más, se lanzó hacia el chico abrazándolo con fuerza mientras el llanto emanó de lo más profundo de su corazón. Él la correspondió del mismo modo, le acarició el pelo mientras le susurraba promesas sobre lo bien que iría todo y que siempre mantendrían el contacto, por correo o por teléfono.
Ella negó con la cabeza y clavó la mirada en los ojos del muchacho. "T-te q-quiero, siempre te he querido". Sus balbuceantes palabras salieron sin poder evitarlo, el semblante del muchacho se tornó serio, casi decepcionado. "¿Cómo me dices eso ahora? -espetó- Estás confundida, es sólo porque me marcho, si me quedase, jamás sentirías eso, eres mi amiga ¿entiendes?, sólo eso. ¡Lo has estropeado todo!".
Ella quiso explicarse, pero él se desprendió de su abrazo y se marchó corriendo hacia su casa. La chica le vio desaparecer  mientras su corazón estalló en mil pedazos.

El reloj de la iglesia inició las campanadas del medio día, la muchacha aceleró aún más su vertiginosa carrera, pedaleaba con todas sus fuerzas, sólo quedaba media hora para que el tren partiese. Había prometido no ir, pero después de lo ocurrido la noche anterior, no podía dejarle marchar así. Quería decirle que siempre serían amigos, que con eso se conformaba porque era lo que más le importaba, lo único que en realidad importaba. Le pareció escuchar un frenazo y el sonido de un claxon, posiblemente sea por ella, pero no tenía tiempo de averiguarlo.
Cuando al fin llegó a la estación, comenzó a sentir calambres en las piernas, no le importó. Dejó caer su bicicleta sobre la escalinata y corrió hacia el interior. Miró el panel de información y en cuanto averiguó lo que quería saber, se dirigió hacia el andén haciendo acopio de sus últimas fuerzas.

Ahí estaba él, mirando distraído al tren que pronto tendría que subir. Ella había llegado a tiempo y ahora, a sólo unos pasos de él, dudaba si había hecho bien ir allí. No tuvo tiempo de planteárselo, el muchacho levantó la mirada mirando hacia ella, como si presintiese que estaba allí. La miró con una mezcla de sorpresa y alivio. Ella le observó temblorosa mientras él se dirigía a su encuentro.

Se miraron fijamente sin saber qué decirse, entonces, el muchacho abrazó a la chica con fuerza. "Yo también te quiero y siempre te he querido, pero no podía decírtelo, no quería que sufrieras", le susurró al oído. Ella se apartó para poder mirarle a los ojos y... se besaron. La muchacha sintió levitar, era su primer beso y era tal y como lo había imaginado, todo a su alrededor desapareció quedándose solos en el mundo.

Un agudo silbato les devolvió a la realidad bruscamente, era el momento de partir. Se abrazaron y besaron por última vez. El muchacho cogió la mano de la chica dejando en ella, lo que al tacto parecía un trozo de papel, la muchacha no lo comprobó, no quería apartar la mirada de él. Con profunda tristeza le vio entrar en el vagón y... desapareció de su vida.
Varios minutos después, cuando el tren ya había abandonado por completo la estación, ella miró lo que él le confió en su mano, eran dos de las cuatro fotografías que se hicieron la noche anterior, leyó la dedicatoria escrita en el reverso y emprendió el camino hacia la nueva etapa de su vida...

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Fue su primer amor, por entonces pensaba que jamás podría amar a nadie como le amó a él. Pero el tiempo erosiona todo a su paso. Durante años mantuvieron el contacto, al principio se cartearon a diario, luego todas las semanas, después una o dos al mes, así hasta que un día, no recuerda el tiempo exacto que pasó, envió su última carta y no obtuvo más respuesta. Intentó recordar qué decía aquella carta y cuál fue la última que recibió de él, pero fue imposible.

Suspiró profundamente, guardó la fotografía en el interior del libro y continuó su tarea. Cuando la caja estuvo llena, unió las pestañas y la selló con cinta de embalar, dejándola junto a las demás cajas. Continuó su tarea hasta bien entrada la noche, de vez en cuando miraba de reojo el lugar en el cual, tenía guardada la foto, pero no hizo ademán de rescatarla. Miró por la ventana, la lluvia caía ahora con más fuerza, encendió un cigarrillo exhalando el humo contra el cristal. Sonrió al pensar que, tal vez, encuentre entre tantas cosas, el lugar donde tenía guardadas aquellas cartas, pero no las buscaría. Estaba convencida que, al igual que la foto, las cartas la encontrarían a ella cuando el olvido absoluto intente apoderarse de nuevo de su recuerdo más preciado.


Obra registrada. Código: 1112170759806

martes, 13 de diciembre de 2011

La estación. Primera parte.

La lluvia repiqueteaba en el cristal, aunque aún era temprano, apenas entraba claridad en la estancia, lo cual hacía más triste y pesada la mudanza. Tras un profundo suspiro, observó las cajas embaladas y apiladas en un rincón, aún quedaba mucho por empaquetar y el plazo pactado para trasladarse estaba demasiado cerca, apenas tenía tiempo. Podría haber acabado mucho antes, sólo bastaba con aceptar la ayuda desinteresada de sus amigos, pero era demasiado exigente y metódica como para organizar una cuadrilla de voluntarios.

Preparó una nueva caja y tras escribir con un grueso rotulador la palabra "Desván", se dispuso a guardar  aquellos objetos de los que estaba segura que no iba a necesitar pero que aún quería conservar.

Apiló sobre su brazo unos ocho libros, disponiéndose a guardarlos, tropezó con una bolsa y todos los libros se desparramaron por el suelo. Chasqueó la lengua con fastidio y comenzó a recogerlos en cuclillas metiéndolos en la caja casi sin mirarlos, pero un libro le llamó la atención, una tira blanca sobresalía de su interior. Curiosa, la cogió con cuidado y leyó su texto cuya caligrafía le resultó familiar:
"No sé si mis lágrimas significan algo pero hoy tengo ganas de llorar. Verano'91".

El corazón se le aceleró y observó el dorso. Una ahogada exclamación salió de su garganta, en su rostro se reflejó sorpresa, nostalgia y tristeza. Era una tira de fotomatón con sólo dos fotografías, por el desgarre de uno de sus extremos era evidente que las otras dos fueron arrancadas, y sabía cuándo y dónde fue, acarició con la yema de los dedos la imagen de dos adolescentes haciendo muecas y riendo ampliamente.

Los objetos del salón desaparecieron, todo a su alrededor parecía haberse esfumado, ahora su memoria se hizo dueña de su albedrío y se dejó transportar por sus recuerdos, el lugar a donde la llevaba su subconsciencia era fácil de encontrar... ¿Quién  podría olvidar su primer amor?.

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El periodo estival estaba a punto de finalizar, el parque estaba prácticamente desierto y se oía el trinar de los pájaros mezclado con el sonido del arroyo artificial. El sosiego del lugar se vio bruscamente interrumpido cuando, dos jóvenes montados en una bicicleta bajaron la colina a toda velocidad. El grito triunfal del chico, se ahogaba por los chillidos de la muchacha que, sentada sobre el manillar, suplicaba que aminorase la velocidad. El chico no pudo acceder a la petición porque la rueda delantera se incrustó en un hoyo haciendo que el vehículo frenase en seco y lanzase a los jóvenes por los aires. Ambos rodaron por la ladera girando sobre sí mismos aparatósamente, llegando al final uno sobre el otro. Tras comprobar que ninguno se había hecho daño, ambos estallaron en sonoras carcajadas.
Aún entre risas, el chico desprendió del pelo de la muchacha unas briznas de hierba, estaban muy cerca el uno del otro. Ambos se sumieron en el silencio mirándose a los ojos, fue un instante, pero pareció una vida entera. Los ojos de ella, brillaban como nunca los vio. El muchacho se incorporó rápidamente y, tomando impulso, comenzó a caminar sobre sus manos. La chica lo miraba sonriente mientras se sacudía el barro de los pantalones. Ambos parecían confusos pero ninguno quiso demostrarlo.

Se conocían desde pequeños, compartieron pupitre en la guardería y en la escuela. Siempre estaban juntos, desde la varicela de ella a la que, tras vanales esfuerzos, él nunca llegó a ser contagiado, hasta la hospitalización por una operación de apendicitis de él.
Por eso, este verano era tan especial, era su último verano juntos. Cuando acabasen las vacaciones de verano, ambos iniciarán su nueva vida en el instituto, pero en distintas ciudades. Al acabar el verano, él se marchará.

Se prometieron mutuamente no hablar de ello hasta llegado el momento, el último momento. Y ella hacía grandes esfuerzos por cumplir su palabra. Sobre todo porque, ella sentía un gran dolor al pensar que, su amigo, su gran amigo se marcharía lejos, tal vez para siempre. Pensar que nunca le volvería a ver, le hizo descubrir una cosa que ignoraba: estaba profundamente enamorada.
Y más dolor le provocaba el saber que no podía confesar lo que sentía porque ahora, ya no tendría sentido, no serviría de nada. Sobre todo porque él jamás había dado indicios de sentir algo por ella.
Él había salido con un par de chicas y le contaba sus salidas y rupturas con total normalidad, ella se limitaba a escuchar y aconsejar. Siempre la trató como un "colega" y confiaba a ella todos sus secretos.
Pero ahora estaba confundida, ¿no pareció que la iba a besar?,  negó con la cabeza, seguramente sea imaginaciones suyas que trastornan la realidad anteponiendo sus deseos.

Se puso en pie y fue a la linde del lago de los patos, cogió una piedra y la lanzó al agua, tras dos pequeños saltos, la piedra se sumergió. Se mostró satisfecha de su hazaña y repitió la operación mirando desafiante al muchacho. El chico se unió a ella y pronto lo convirtieron en una competición, otra tarde pasó como un suspiro, otro día más había concluido. Regresaron a casa charlando animadamente y planeando la jornada del día siguiente.
Se separaron en el cruce que unía sus calles, como siempre, como habían hecho durante muchos años, pero cada vez, la despedida era más difícil, cada vez costaba más separarse porque ambos sabían que, más pronto que tarde, llegará el adiós definitivo...

(Continuará...)

Obra registrada. Código: 1112130739008


domingo, 11 de diciembre de 2011

Atrición (Suspense)

Tres golpes secos en la puerta me sacaron de mi sopor, sin moverme de la cama inspeccioné a mi alrededor, agudicé el oído intentando localizar el origen de los golpes, pero nuevamente fue imposible. Mecánicamente miré la ventana, el reloj de la iglesia dio dos campanadas, la misma hora, el mismo sonido... Otra noche de insomnio, otra noche más desde que ocurrió...

Me incorporé de la cama y me senté en su borde. Abrí el cajón de la mesilla y saqué la cajetilla de tabaco, me encendí un cigarrillo. La tenua lumbre iluminó mi silueta en el espejo que tenía al frente, la imagen parecía difuminada, sólo fue un instante, soplé la cerilla con el humo exhalado y desaparecí del espejo. Sonreí con sarcasmo, ojalá pudiese ser tan sencillo... soplar y desaparecer.

Un coche pasó bajo mi ventana y la luz de sus faros entraron por ella iluminando la estancia, grotescas sombras emergeron del escaso mobiliario. Me fijé en la puerta del armario, estaba semiabierta. Fui hacia ella, había encontrado el origen de los golpes, o eso pensaba. Moví la puerta varias veces, las bisagras estaban oxidadas y rechinaban como un quejido. Negué con la cabeza, los golpes que me despertaban no podían ser originados por eso, no había corriente y la ventana estaba cerrada. Tres golpes secos, pausados y sin chirridos. Tampoco podría ser la puerta del exterior, ésta era metálica. Aún así, bajé por la escalera de caracol que unía los dos niveles de mi habitáculo. Sorteé a ciegas las cajas y cuerdas que tenía esparcidas por la habitación, hacía un tiempo que me había mudado, siempre quise tirarlas pero por algún motivo, nunca lo hacía.
Una ligera inspección, confirmó mis conclusiones, el ruido tampoco provenía de allí, venía de arriba, al menos, de eso estaba seguro.

Regresé a la cama aún sabiendo que me sería imposible dormir. Si lo hago, volveré a verla. La evoco en mi mente, veo el día que la conocí en esa parada de autobús y cómo con un aire de despreocupación me preguntó la hora. Entonces, yo ya sabía que era una excusa para hablar conmigo. Recuerdo aquellos trayectos en los que, oculto entre desconocidos, podía observarla sin ser visto. Cuando la veía fumarse un cigarrillo en su ventana y la observaba desde la calle, recuerdo su silueta pasear tras las cortinas. Cuando compraba, cuando tomaba café con sus amigas e incluso, cuando regresaba de madrugada acompañada de un hombre al que invitaba a subir.

Agacho la cabeza sujetando la frente con ambas manos, las cierro atrapando mi pelo, sigo cerrando hasta hacerme daño. Cierro los ojos y vuelvo a pensar en ella. Nunca supe su nombre, tampoco hacía falta, sabía que éramos el uno para el otro y era nuestro juego, ella vivía su vida fingiendo que no me veía, que no existía para ella y yo la observaba en la distancia, oculto tras las sombras. Siempre fue así, la única palabra que intercambiamos fue más que suficiente para saber que debía ser mía... para siempre.

Permanezco sumido en mis pensamientos esperando que despunte el alba. Me siento en la silla apoyando ambos codos sobre la mesa, dejando que mi mentón reposase sobre los puños cerrados y dejo la mirada fija en el televisor apagado, mientras, el tiempo pasa impasible ante mí. No recuerdo cuánto tiempo ha pasado ya, puede que días, sí, sólo unos días, pero parece que han sido años.

Como hago siempre desde aquel día, aprovecho el plenilunio para salir de mi cautiverio voluntario y paseo por las avenidas al resguardo de la noche. Mis pisadas resuenan en la noche y agudizo el oído por si oigo alguna más.
Mi subconsciente me lleva hasta el parque de nuevo, justo delante de su casa. Instintivamente miro su ventana, pero una noche más, su silueta tras la cortina no aparece, la luz está apagada. Me dirijo hacia la entrada del parque para completar mi rutina, pero me detengo.
En la columna de ladrillos que sujetan el gran portalón de hierro, hay un cartel, el mismo que había en la parada de autobús y en los escaparates de algunos comercios, los miraba desde lejos y de reojo sin prestar atención, pero ahora me fijo más en él.
Mi mirada se ilumina, allí está su imagen, en ese cartel. ¡Cómo deseaba volver a verla!. Miro con cautela la calle, no hay nadie, nadie me ve. Como cada noche, soy invisible al mundo, no existo para nadie. Cogí su imagen con cuidado de no romperla y regreso a casa apresurado.

Observo la fotografía bajo el haz de luz que despide el pequeño foco de sobremesa, ¡qué hermosa es!, volver a contemplar su imagen de nuevo es más de lo que podía desear, acaricio sus mejillas, su mentón, su sonrisa... admiro su rostro hasta que siento escozor en los ojos. Al bajar la vista veo el texto que hay bajo su fotografía, extrañado, observo mejor el cartel.
El miedo, la vergüenza y el arrepentimiento se apoderan de mí, lo había olvidado. ¿Cómo era posible olvidar una cosa así?, pero lo había hecho. Llevaba muchas noches de insomnio, pero las lagunas de mi mente no me dejaban entender el motivo. Algo había bloqueado mi memoria y ese algo había desaparecido, dejando que el recuerdo llegara a mí y me atormentase...

Como cada noche, esperaba que ella llegase a su casa, y como cada noche, la aguardaba oculto en un portal. Siempre deseé que llegase el momento en que se dejase ver ante mis ojos y que su mirada reflejara sus verdaderos sentimientos. Por algún motivo, sentía que ese era el día. Salí de mi escondite y me planté frente a ella. Se asustó, hizo ademán de correr pero no lo hizo. Murmuró algo inteligilble con su sonrisa perfecta, haciendo alusión sobre el susto que se llevó, no recuerdo sus palabras exactas, pero quiso continuar su camino sin más.
Me armé de valor y le confesé todos mis sentimientos, le conté cuanto tiempo llevaba observándola y en todos y cada uno de los lugares en los que yo también estaba presente pese a que lo lo supiera. Su expresión iba cambiando a medida que yo hablaba, primero sorpresa, luego miedo, finalmente todo su cuerpo exhalaba terror. Mi semblante cambió paulatinamente al igual que ella, pero en mi caso pasó de la ilusión a la decepción. Sentí rabia, la ira iba nublando mis sentidos, yo la amaba y ella no me recordaba. Había estado riéndose de mí todo este tiempo, dejándose ver, simulando despreocupación, fingiendo que yo no existía. Incluso se burló de mí diciendo que nunca me había visto antes, que no recuerda haberme pedido la hora aquel día en la parada del autobús.
Quise abrazarla, pero ella se afanaba en zafarse de mí, la agarré con fuerza, tenía la certeza que si se hundía en mis brazos, esos sentimientos que ella tenía pero que desconocía, brotarían.
Quiso gritar, pero no pudo porque, no me di cuenta, pero mi mano tapaba su boca. Mi vista se nubló, todo se volvió oscuro. Sé que la arrastré hasta el interior del parque, sé que paré su lucha, no sé cómo ni con qué, pero lo hice. En la lejanía de mi mente oí tres golpes secos que brotaron de su cráneo. Recuerdo vagamente como, arrodillado frente al estanque, estaba lavando mis manos ensangrentadas mientras su inerte cuerpo se hundía. Recuerdo que en la lejanía, sonaron dos campanadas...

Con los recuerdos frescos, miro su fotografía de nuevo, su mirada se clava en mí, me penetra hasta el alma. Doy una larga calada y clavo en cigarrillo en sus ojos, los dejo hasta que se convierten en dos agujeros inexpresivos, pero me sigue mirando.
Me incorporo, cojo una cuerda de las que usé para mudarme y arrastro un taburete dejándolo frente al armario, subo en él. Con trabajo y de puntillas, consigo amarrar la cuerda a la cañería del techo. Con lentos movimientos, hago un lazo y me lo coloco en el cuello.
Tengo un momento de duda, de temor de lo que pueda ocurrir, de lo que pueda esperarme en el otro lado, estoy arrepentido, pero dudo que eso sea suficiente.

No me atrevo, me debato entre continuar o abandonar mis intenciones, pero miro la mesa y veo su imagen que me observa sin tener ojos. Balanceo mi cuerpo y dejo que el taburete caiga.
Todo mi cuerpo se tensa, boqueo desesperado buscando aire y la oscuridad se apodera de mí. En mi último soplo de vida, oigo muy tenue, cómo mi cuerpo movido por la inercia, da tres golpes secos en la puerta del armario mientras sonaban dos campanadas del reloj de la iglesia.


Obra registrada. Código: 1112110716333


jueves, 1 de diciembre de 2011

Pesadilla (Terror)

La tormenta había llegado a su cenit, grandes rayos dibujaban la noche amenazando desgarrar el cielo. La lluvia caía ferozmente sobre mí. Tengo frío, mucho frío, siento que las fuerzas me abandonan; veo una casa en la cima de una yerma colina. Necesito llegar a ella, presiento que mi vida depende de ello.

Las piernas se niegan a responder, pero debo llegar, la sensación que algo me persigue es cada vez más fuerte, mi sexto sentido me previene de un peligro inminente, el miedo se va apoderando poco a poco de mí. El instinto de supervivencia aviva la escasa fortaleza que me queda. Comienzo a reptar sobre una ciénaga putrefacta, el hedor es insoportable y las arcadas inevitables. Pronto estoy cubierta del fétido lodo que hace de mis ropajes desgarrados, más pesados y dificultan mi avance.

Tras una eternidad, llego al umbral de la ruinosa casona Antaño pudo ser una majestuosa mansión pero ahora parece la antesala del mismo infierno. No tengo alternativa, debo entrar, por alguna razón sé que el peligro me me acecha no osará entrar en esa casa, o al menos, eso deseo creer. Tampoco yo debería, pero no tengo alternativa, algo poderoso invita a mi subconsciente a pasar el umbral.

Extiendo la mano hacia la puerta, antes siquiera de rozarla, se abre de par en par. La madera carcomida cruje ruidosamente cuyo espenuzlante sonido provoca en mí un estremecimiento que me llega hasta el alma. 
Empapada, sucia y tiritando, atravieso el enorme hall con pasos cortos e inseguros. La madera cruje bajo mis pies, tengo miedo que mi peso venza la tarima y me trague el suelo, aún así, avanzo hasta las entrañas de la morada.

El interior está seco, pero lo envuelve un ambiente gélido, mis dientes castañean dejando escapar entre ellos pequeñas nubes de vaho. Necesito entrar en calor, una extraña somnolencia provocada por el frío que me cala hasta los huesos, comienza a apoderarse de mí. Estoy hipotérmica y noto como la consciencia empieza a debilitarse, el temor de que sea la Parca el ente que me acecha, comienza a crecer en mí. Presiento que mi final se acerca, quiero llorar de impotencia, pero las lágrimas se niegan a brotar, es tan intenso el miedo que siento, que me anula cualquier amago de sentimiento.

El corredor del piso superior es largo y estrecho, un débil haz de luz que se cuela entre las grietas de la pared, es lo único que ilumina a mi pesar, el avance hacia mi final. A mi avance, emanan decenas de sombras que me rodean. Las veo moverse, parece que quieren atraparme o retenerme, pero cuando fijo la vista en alguna, ésta se paraliza haciendo que me confunda y ponga en duda mi propio criterio, ya no sé distinguir la realidad de la sugestión.

Penetro en una habitación, siento vértigo. El mobiliario de exuberantes tallados sobrecargan la estancia.  Los muebles están desproporcionados a mi tamaño, todo lo que me rodea es grande, enorme. Me siento muy pequeña, casi diminuta.
Mi atención se centra en la cama, está cubierta con jirones grisáceos que alguna vez pudieron ser sábanas blanquecinas. Con las escasas fuerzas que me quedan, trepo por sus patas. Me recuesto con la funesta sensación de que me introduzco en mi propio sepulcro.

A pesar de mi estado, lucho contra mí misma para no sucumbir al efecto de Morfeo, pero tras parpadear pesadamente dos veces, la oscuridad se apodera de mí. Ya no oigo ni siento nada, una calma que contradictoriamente me inquieta se apodera de mí. Estoy paralizada, no soy dueña de mi ego.

Siento que una energía maléfica se posa sobre mi cuerpo, mi tórax está aprisionado y me falta el aire. Oigo desde mi interior cómo mis huesos crujen, el dolor es intenso, pero no puedo reaccionar. Con gran esfuerzo consigo abrir los ojos, sólo un poco, lo suficiente para verla...

Está levitando sobre mí, no me toca como pensaba en un principio, pero su energía negativa es tan poderosa, que siento cómo sólo su maldad puede aplastarme hasta romper todos los huesos. Su mirada es tan oscura y profunda que temo mirarla directamente por temor a perderme para siempre en su infinito vorágine. Su boca deforme y alargada está semi abierta, puedo ver cómo mi energía vital es absorbida por las ansias de la vida que carece. Aterrorizada, comprendo que la muerte me ha dado alcance, intenté huir vanamente de su trayectoria sin saber que me dirigía directamente hacia su vil trampa. Pierdo los sentidos, ya no veo, ni oigo, la oscuridad me ha envuelto...

Me incorporo de un grito, asustada miro a mi alrededor, estoy sentada en un prado con la espalda apoyada en un árbol, soñolienta y desorientada miro a mi alrededor, el corazón me late con fuerza. Intento comprender qué me ha pasado, aún tengo el miedo impregnado en mi cuerpo. El cielo tiene un color metálico, amenaza una tormenta.
Me incorporo para así, apresurarme a regresar con una leve sonrisa de alivio en mis labios. Todo había sido un sueño.
Un rayo cae al suelo y parte un árbol en dos. Miro la escena preocupada, mi corazón empieza a latir con violencia, ¿fue un sueño o.... una premonición?.


Obra registrada. Código: 1112040663165

lunes, 28 de noviembre de 2011

La Castañera

                   XXI.

Y el frío al fin llegó a mi Sevilla,
el azahar del naranjo marchó,
la dama de noche al fin se durmió,
falta de fuerza y vigor, el Sol brilla.

Y el frío al fin llegó a mi Sevilla,
la castañera sonriente miró,
una bien calentita me ofreció,
sonriente, quiso ofrecer una silla.

Y junto a su vera, me calenté,
sonreía mientras ella cantaba,
sutil nostalgia, en su voz yo noté.

Viejas historias de amor me narraba,
a la luz del fuego, me enamoré,
mientras la primavera, yo esperaba.

viernes, 25 de noviembre de 2011

El cajón cerrado.

- I am, you are, he is...- La retahíla resonaba por enésima vez en el aula acompasado por el sonido de los pasos del profesor que desfilaba entre los pupitres con aire cansado. Observaba como los niños recitaban mecánicamente una y otra vez.
Paró en seco y observó a una alumna, allí sentada en el pupitre más alejado de la clase, parecía que garabateaba entusiasmada con una leve sonrisa en sus labios.
El profesor frunció el ceño y se dirigió hacia ella con paso decidido y apresurado, sus movimientos eran seguidos por las miradas de los enmudecidos niños.

La niña se sobresaltó cuando el profesor agarró su libreta bruscamente, miró asustada al docente, más por la impresión de verse arrancada de su ensimismada tarea, que por la mirada fría que el docente le procesaba. Los compañeros, aprobaron el gesto del profesor con una carcajada unísona.
El docente, tras ojear la libreta, arrancó la página con saña, el sonido del papel rasgado fue ahogado por el frito de súplica de la niña, que extendiendo la mano,  suplicó inútilmente que no lo destruyese. Más risas y carcajadas inundaron el aula.

El profesor habló dirigiéndose a toda la clase, mientras, mostraba el papel arrugado agitándolo sobre su cabeza, lo exponía como un trofeo que simbolizaba su más absoluta autoridad. -¡Pajaritos! bramó -¡Pajaritos tiene vuestra compañera en la cabeza. En vez de aplicarse y afanarse en ser como vosotros. Prefiere desperdiciar su vida garabateando tonterías y palabrejas.
La niña escuchaba con la cabeza gacha, apretando sus manos sobre las rodillas, hasta el punto de sentir dolor, luchaba por controlar unas lágrimas que amenazaban por salir, para así, poder liberar de algún modo, su rabia, vergüenza e impotencia.

El regreso a casa, fue aún peor, las risas y mofas de los compañeros, la bombardearon durante todo el trayecto del autobús. Ante la indiferencia que la niña optó proceder junto al vacío que les mostró, sus amedrentadores se enfandaron y sus burlas, se volvieron más crueles e hirientes cada vez.

Esa misma tarde, tal y como había ordenado el profesor, la niña regresó a la escuela junto a sus padres, para presentarse ante el director y el jefe de estudios.
Fue una larguísima charla que no parecía tener fin, hablando sobre las normas de conducta en clase, adornado con frases repetitivas sobre aplicación, saber estar y el ser práctico; interrumpidas de vez en cuando por las disculpas de su madre, que entre lágrimas, mascullaba sobre la vergüenza que su hija le estaba haciendo pasar. Su padre, con tono más autoritario, contestaba al director sus frases punzaban a la niña... "Toda la razón", Esas tonterías no llevan a ninguna parte" o "Ya me encargaré que no vuelva a ocurrir". Fue interminable, pero al fin acabó. Aún así, la niña sabía que no era un alivio regresar a casa.

Una vez allí, sus padres la espetaron, a veces por turnos, otras al unísono pero sobretodo y más repetido, a la vez y con distintos argumentos. La niña aguantó como pudo la reprimenda, intentó aparentar serenidad, pero sus lágrimas la delataban.
"Son tonterías... nunca podrás ser escritora... para serlo tienes que saber... lo que haces son garabatos y porquerías... no sirves para eso... quita esa estúpida idea de tu cabeza...". Cada frase, cada palabra, fue grabada en el el corazón de la niña como un hierro candente que le dejaría cicatrices de por vida.

Cuando al fin se cansaron, la niña fue corriendo a su habitación, se desplomó sobre la cama y acongojada, descargó todos los sentimientos acumulados en un llanto desconsolador y lastimero. Las palabras que, sobre ella cayeron, seguían bombardeando su cabeza una y otra vez.

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, cogió todas sus libretas, esas que ella llenó de historias y que plasmó con ilusión. "Son tonterías" oyó en su interior, apretó los labios y arrancó con rabia desbordada, una página. Por cada frase, burla o risa que regresaba a su cabeza, ella se desquitaba arrancando sus sueños, página a página, intentando así despojarse de su ilusión, ahora culpaba a su deseo como el causante  de su sufrimiento.
Con ira, acumuló entre sus manos todos los papeles arrugados y abrió la ventana, dispuesta a deshacerse de sus sueños.
Al observar el vacío se detuvo, no podía hacerlo, esos papeles impresos con su puño y letra, son más importantes y valiosos que lo que hasta ahora creía. Era su interior y sintió que traicionaba a aquellos personajes a los que dio vida.

Giró sobre sus pies y se dirigió al escritorio, con una mano temblorosa abrió un cajón, y tras alisar con delicadeza página a página, las guardó en su interior. Las miró por última vez y con una sonrisa amarga, se despidió de aquellos personajes inexistentes que cobraron vida gracias a los trazos de su pluma, cerró el cajón, girando la pequeña llave dorada que a partir de ahora y por siempre, custodiaría esa parte de su vida, su más preciado tesoro...

Los años pasaron casi imperceptibles, a veces, la niña sentía la imperiosa necesidad de escribir, y así lo hacía, pero una vez finalizado su desquite, los guardaba en ese cajón para no volverlos a ver.
Y así, estación tras estación, la niña se convirtió en mujer, la mujer en madre y su tesoro se convirtió en un secreto que la avergonzaba y así permaneció, arrinconado y condenado al olvido.

Un día, sin importar cual, la niña convertida en mujer, descubrió a su hija leyendo uno de sus manuscritos. Ambas cruzaron miradas de sorpresa, la mujer al recordar su pasado y la hija al saberse descubridora de un secreto.

"- Mamá, no sabía que eras escritora-"comentó con un ligero tono de orgullo, la madre cabizbaja y sonrisa triste la miró negando con la cabeza. "-No hija, no son más que tonterías, eso no era para mí-"
La hija se plantó frente a su madre y entregando el manuscrito que recién había leído miró a su madre con una mirada adulta, "- Ésto que es entonces?, ¿no eres tú quien me dice que si algo quiero que luche por ello, que si tengo un sueño que haga lo que más me guste sin que me importe lo que los demás puedan pensar?". La niña habló atropelladamente, se marchó dando un beso en la mejilla a una madre estupefacta que no halló respuestas para su hija, pues no las tenía.

La madrugada se echó sobre una mujer que, sentada en el suelo con piernas entrelazadas, devoraba cientos de manuscritos que se esparcían por toda la estancia. La amarillentas páginas, fueron despertando poco a poco aquella niña que una vez lloró al abandonar su sueño. Esa niña que olvidó había regresado.
Se levantó decidida, apiló todos los escritos sobre la mesa y encendió su ordenador, comenzando así la ardua tarea de cumplir con el sueño de aquella niña que una vez se dejó vencer.


Obra registrada. Código: 1111250599011




jueves, 3 de noviembre de 2011

Lluvia (Acróstico)

                      XX.

Miles de gotas que del cielo caían/
Una de muchas, en la hoja se posó/
Columpiada y feliz por los vientos/
Hacia los abismos la gota cayó/
Áridos destinos eran sus tormentos/
Susurros sus temores parecían/

Gota valiente que al río caíste/
Raudales sueños de ti emanaban/
Agolpando nuevos sentimientos/
Cantando feliz tus nuevas hazañas/
Instando mirar a cuantos pasaban/
Atesorando fiel estos momentos/
Sutil y elegante tú te volviste/

Paciente tú gotita, el mar encontraste/
Orillas de suave espuma blanca tenía/
Rizadas olas, elegantes y hermosas/
Tenaz tú al querer más día a día/
Urdiendo planes de allí escapaste/

Aires del sur que te acarician/
Manos invisibles que te elevan/
Implacables tu dicha codician/
Sigilosa tú, te transformaste/
Tu metamorfosis propician/
Arriba, a los cielos te llevan/
Desaires que te benefician/

Distinta de nuevo, tras la transformación/
Elevada más allá de cumbres aterciopeladas/
Suspiro fugaz eres tras la capitulación/
Inmortal tú, posada entre nubes ululadas/

Lluvia otoñal que sobre el bosque cayó/
La gotita de nuevo, al mundo observó/
Impulsada por nuevas aventuras se tiró/
Nadie supo cuándo su hazaña concluyó/

Sylvia Ellston.
Obra registrada. Código: 1111250599004


martes, 25 de octubre de 2011

Letargo


XIX

Cierro los ojos y te siento a mi lado,
la brisa que me toca son tus manos,
el rumor de la tormenta, tus versos,
pero mi deseo se quedó colgado.

Abro los ojos y ya no estás,
me rodea el frío de la soledad,
el silencio me rodea con maldad,
crece el temor a no verte más.

Cierro los ojos y allí estoy contigo,
acurrucada en la cama a tu lado,
aferrada con tensón al ser amado,
eres y serás mi amante, mi amigo.

Abro los ojos, todo me recuerda a ti,
las calles por las que paseamos,
los rincones donde nos besamos,
no puedo evitar hacerme sufrir así.

Cierro los ojos, te hallo en sueños,
posees mi cuerpo con locura y fervor,
alejas y anulas en mí todo el temor,
del destino, somos únicos dueños.

Abro los ojos, lágrimas brotan de mí,
ante mí, aparece un espejismo,
hace desaparecer el abismo,
eres tú, estás aquí, vuelvo a ser feliz.


Obra registrada. Código: 1111250598991

sábado, 22 de octubre de 2011

Iris, la pequeña mariposa.


Iris era una mariposa inquieta, muy distinta a las demás. Cuando un pájaro sobrevolaba el jardín de rosas donde ella vivía, todas las demás se escondían entres las espinas de las hermosas flores, acurrucadas y temblorosas. Pero Iris no, ella se asomaba entre los pétalos maravillada por las fuertes alas del pájaro. "Si yo tuviese unas alas tan grandes y fuertes podría salir lejos de este jardín y conocer mundo", pensó.

Iris, pequeña mariposa,
muy curiosa, es verdad,
Sólo piensa en una cosa,
y es buscar la libertad.

Un día, Iris se despertó más temprano que de costumbre, el Sol aún no había salido pero el cielo estaba cubierto de nubes malvas, rosas y naranjas. El cielo era enorme, infinito no como su jardín, tenía un hermoso prado de hierba fresca y verde, rosales de múltiples colores, un hermoso manzano que la protegía del sol abrasador del verano y las gruesas gotas de la lluvia de otoño, no había nada más y ella quería ver mundo. Suspiró con tristeza.

¡Pobrecita la mariposa!
no te pongas a llorar,
recuerda preciosa,
que éste es tu hogar.

-¿Por qué lloras?- oyó que le preguntaban, Iris se giró ¡casi se cae de su flor del susto!, justo tras de sí, una joven golondrina la estaba observando. -¡No me comas por favor!- balbuceó. La golondrina sonrió y negó con la cabeza. -No te comeré, hace días que te observo desde el manzano y quería saber por qué estás siempre tan triste-. Iris suspiró de nuevo y le contó a la golondrina sus ansias de conocer mundo, de vivir aventuras.

Iris sola y triste estaba,
pero una amiga encontró,
a ella no se semejaba,
eso a Iris no le importó.

La golondrina sintió pena por la pequeña mariposa y le narró todo cuanto sabía del mundo y le describió los lugares que recorría cada vez que tenía que emigrar. Iris la escuchaba con ojos abiertos muy emocionada, entonces, la golondrina le explicó cómo era el mar. La pequeña mariposa notó cómo su corazón se aceleró, por las descripciones de su nueva amiga, el mar debía ser muy hermoso. Esa noche se durmió con una sonrisa y soñó que sobrevolaba aquellos lugares.

Duerme mariposa,
empieza a soñar,
disfruta preciosa,
soñando con el mar.

Todas las noches soñaba con el mar, hasta que un día, cansada de soñar. Decidió ir en su busca, de nada sirvió los consejos de las otras mariposas. Iris lo había decidido, quería viajar. Esperó que apareciesen los primeros rayos de Sol y emprendió su viaje, las rosas de su jardín la despedían mientras la brisa las agitaba, mientras se alejaba de su hogar escuchaba cómo mariposas, flores e insectos la despedían y le daban ánimos. 

Vuela vuela mariposa,
Vuela vuela sin cesar,
Vuela vuela primorosa,
Vuela vuela hacia el mar.

Muchos días pasaron desde su marcha, Iris pasó hambre y frío, también se sintió muy sola. Pero las ganas que tenía por conocer el mar le devolvían las fuerzas para continuar. Había empezado una cosa y la tenía que acabar. Voló por praderas, atravesó bosques, se adentró en cuevas... Nunca sintió miedo, cada cosa nueva que veía la emocionaba y le hacía saber que, cada vez estaba más cerca de su destino.

Valiente y decidida,
mariposa peculiar,
siempre convencida,
que hallará su lugar.

Un día, estaba descansando cuando escuchó un suave rumor. Curiosa, se puso en pie y voló hasta la copa de un enorme árbol. Lanzó un grito de exclamación y sorpresa. Frente a ella se encontraba el mar, era más hermoso y majestuoso de lo que podría haber imaginado. Se quedó sentada en la copa del árbol hasta que el sol se puso salpicando el mar con miles de lucecitas centelleantes. Se sintió muy orgullosa de su hazaña, quiso algo y lo logró. Abrió sus pequeñas alas y regresó hacia su jardín.

Iris la mariposa lo logró,
gran hazaña pudo acabar,
su aventura terminó
y feliz, regresa al hogar.

FIN.

Obra registrada. Código: 1111250598984


sábado, 15 de octubre de 2011

Tras la sombra del pasado (Borrador)

PARTE 1. EL ENCUENTRO. CAPÍTULO I.

Página I (Borrador)
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Aún faltaban más de quince minutos para llegar a la estación pero Clara ya tenía todas sus cosas a mano, observó su equipaje, sólo una bolsa de deporte y una mochila. Miró por la ventanilla intentando distraerse, estaba muy nerviosa, sentía como si el corazón estubiese alojado en su garganta y le impedía tragar.
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El tren entró en el túnel, ahora sólo podía ver su imagen reflejada en el cristal, sus ojos delataban el cansancio acumulado tras varios días de viaje; cinco días yendo de un lugar a otro, de ciudad a ciudad, siguiendo fielmente las instrucciones de su primo Jesse.
Aunque ella se enteró del plan de huída el mismo día de su partida, él lo llevaba planeando desde hacía varios meses, aún así la marcha fue precipitada para ambos gracias a un contratiempo que jugó en su favor.
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Notó cómo el tren iba disminuyendo la velocidad, se puso en pie para ir a la puerta más cercana, cuanto antes pisara el andén, antes habrá dejado su vida anterior sería al fin libre para tener una vida normal. Había deseado hacer tantas cosas que no sabía cual iniciar primero. El tren al fin paró y las compuertas se abrieron, inspiró despacio y profundamente para poder controlar su emoción, se apeó en el andén saliendo del tren de un salto.
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Mientras subía la rampa mecánica observó la estación con detenimiento, los andenes se encontraban bajo superficie. En la planta baja se encontraba el hall que estaba abarrotada de tiendas y restaurantes, buscó con la mirada la oficina de información, no le fue difícil encontrarla, una vez allí averiguó dónde se encontraba la consigna.
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Se sentó en un banco de la sala de espera, observó a la gente que entraba y salía de la estación, sabía que nadie la esperaba. Excepto Jesse, nadie sabía dónde se encontraba en ese momento, aún así era agradable imaginar que alguien la esperaba para recibirla. Negó con la cabeza sonriendo levemente, se sintió estúpida, abrió el bolsillo pequeño del lateral de su mochila sacando del interior una pequeña llave plateada con un número inscrito en el llavero circular de plástico. Abrió la taquilla número seis, sacando de su interior un sobre marrón acolchado en su interior con burbujas de de aire.
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Como tenía hambre, decidió revisar el interior del sobre en la cafetería, apenas le quedaba dinero y no sabía cuánto más debería seguir viajando, eligió el menú más barato.
En el interior del sobre había bastante dinero, miró asustada en todas direcciones para asegurarse que nadie se percató de lo que tenía, ocultándolo rápidamente en el fondo de su mochila, una vez que se tranquilizó, se dispuso a leer la nota que también había en el interior. Sonrió emocionada al reconocer la letra de Jesse.
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" Hola pequeñaja, supongo que a estas alturas estarás agotada, pero créeme, todo esto es necesario, sobre todo que cumplieras al pie de la letra el itinerario que te marqué. Si has llegado hasta aquí quiere decir que lo has hecho muy bien.
 Seguramente te alegrará saber que el viaje ha terminado. Las llaves que están con el dinero son las de nuestra nueva casa, detrás de ésta nota está la dirección, coge un taxi y recuerda pequeñaja, sé natural y no te pongas nerviosa, estás a salvo ¿ok?.
Te he dejado dinero suficiente para que te las arregles hasta mi llegada. En la casa verás una carta con las instrucciones que debes seguir y un plano de la zona, hasta que no llegue te sugiero que no te alejes mucho, al menos hasta hacerte con el barrio.
Te he matriculado en el instituto tal y como me pediste, sólo debes entregar las fotocopias de los documentos que faltan (también están en casa).
Espero que hayas memorizado nuestra coartada. Puede que conozcas a alguien y no debes decir más de lo que pactamos, así cuando llegue evitaremos posibles contradicciones y despertar desconfianza o sospechas.
Yo tardaré un tiempo en llegar, aún tengo que borrar pistas y esperar que dejen de seguirme (no te asustes, forma parte del plan, pero cuando menos te lo esperes estaré contigo, cuidate. Un beso".
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Clara leyó la carta un par de veces más, pagó la cuenta de su refresco y salió al exterior para buscar la parada de taxis, era verano en Sevilla y hacía calor, mucho calor. Una vez fuera, observó emocionada La Giralda, ¡Cuántas veces la vió en fotografías o en televisión!. Pero verla con sus propios ojos era una sensación indescriptible. Se alegró mucho que Jesse eligiera esta ciudad para comenzar una nueva vida.
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Le entregó al taxista el trozo de papel donde figuraba su nueva dirección, observando con atención y entusiasmo todo cuanto pasaba ante ella.

(Sylvia Ellston. Iniciado en 1989)
Obra registrada. Código: 1111250598960

sábado, 1 de octubre de 2011

El encuentro (Anverso)

El lápiz se deslizó por mis labios provocándome cosquillas. Me miré con determinación, quería estar perfecta. Decidí bajar el tono de la sombra de ojos. Mientras me cepillaba el pelo con mucho cuidado de dejar perfecto el peinado que más me favorecía. Repasaba en voz alta las frases que te diría, corrigiéndolas una y otra vez. Mientras mi imaginación creaba nuevas y distintas situaciones. Había llegado el día, al fin podremos vernos cara a cara, podré verte, oírte, hablarte... sin los obstáculos de la distancia. Miré de reojo la hora, aún quedaba tiempo, demasiado. ¿Por qué parece que hoy discurre tan lentamente?.
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Suspiré resignada y salí del baño hacia mi dormitorio. Miré la ropa elegida extendida sobre la cama. Una mueca de desaprobación se dibujó en mi rostro. Ayer me pareció apropiada, sin embargo, ahora me parece insulsa. Ataqué mi ropero con furia, las prendas volaban sobre mi cabeza hasta hallar lo que buscaba. Un vestido sencillo, pero que marcaba mi silueta y además tenía un escote discreto pero insinuante. Sonreí satisfecha al mirarme en el espejo de cuerpo entero, me sentía guapa... atractiva.
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Mi amiga ya me esperaba, aunque me costó trabajo convencerla, finalmente decidió acompañarme. Soy tremendamente tímida y necesitaría ayuda para romper el hielo. A ti tampoco te importó cuando te lo propuse, seguramente eras tan tímido como yo, por eso accediste sin poner mucha resistencia.
Mi amiga y yo caminamos hacia el lugar de encuentro, yo hablaba atropelladamente, era evidente mi nerviosismo y mi amiga se burlaba de mí para animarme, gracias a las risas, me fui relajando poco a poco, aunque mi corazón había cogido un ritmo galopante que parecía no tener intención de aminorar.
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Llegamos a la plaza, miré asustada por las mesas de la terraza de la cafetería citada. De repente, me invadió el temor de no reconocerte, pero cuando nuestras miradas se cruzaron, sonreí tras un profundo suspiro de alivio. Me acerqué caminando con coquetería mientras luchaba por retener el temblor de mis piernas. Tras las presentaciones, me saludaste con dos besos en la mejilla, más bien tus mejillas rozaron levemente las mías. Me sentí cortada, en mis "ensayos" tu saludo era más efusivo.
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Tras una charla amena pero banal, en el que siquiera me miraste fijamente ni una sola vez excepto algunas miradas furtivas de reojo, decidimos pasear. Tenía muchas ganas de enseñarte mi ciudad de la que estoy muy orgullosa.
Nada estaba saliendo como esperaba, mirabas hacia donde señalaba y contestabas con gestos casi imperceptibles, en cambio, a nuestra compañera de tertulia no parabas de mirarla descaradamente mientras parecía que a mí me rehuías. De tus labios salían escuetas frases hacia mí.
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Me sentía una extraña a tu lado, la decepción se iba apoderando de mí, sentía que tenía un nudo en la garganta. Mi amiga se percató de ello y tras una excusa decidió marcharse, pero tú insistías en que se quedara, parecías tan decepcionado por su marcha como yo con tu actitud. Aún así, ella se marchó dejándonos al fin a solas. Puede que era lo que necesitábamos ambos para romper el hielo no, el iceberg que se había creado entre los dos. Tu distanciamiento creó un glacial en mi paraíso.
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Varias veces intenté comenzar una charla, pero tus respuestas eran secas y escuetas. Finalmente decidí caminar junto a tí en silencio, mirando al suelo e intentando buscar una respuesta a tu actitud. No eras quien conocí o creí conocer, puede que te idealizara, pero no, seguro que no era eso. Nuestras conversaciones pasadas dicen lo contrario. ¿Qué ocurre?¿qué te pasa?, pregunté, pero mis palabras no quisieron salir del  fondo de mi garganta donde se alojaron provocando un nudo que me costaba tragar.
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Algunas gotas cayeron del cielo tan sombrío como mi estado, a lo lejos un trueno, amenaza tormenta pero no sólo aquí, también en mi interior. Un segundo trueno te sacó de tu mutismo, me miraste, puede que sea la única vez que lo hiciste directamente. "Parece que va a llover, hasta luego" me dijiste fríamente, fue tal la sorpresa y decepción que me llevé que respondí a tus besos de protocolo... apenas un roce en cada mejilla.
Te metiste las manos en los bolsillos de tu cazadora y caminaste alejándote de mí con la cabeza gacha, una lágrima de decepción y rabia se deslizó por mi rostro pálido y colgó de mi barbilla.
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Te miré todo el tiempo mientras te alejabas de mí, te miré hasta que doblaste esa esquina sabiendo que no te volvería a ver, de eso estaba completamente convencida. Suspiré acongojada y caminé en dirección opuesta, mi mente era bombardeada por el recuerdo de los acontecimientos recientes. Estaba demasiado abrumada como para poder entender qué había ocurrido, sólo una cosa tenía claro, iba a encontrarme con un amigo, algo más que un amigo...  y sólo encontré un completo desconocido.
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Llegué a casa derrotada, eché a un lado el montón de ropa acumulada sobre mi cama y me recosté en posición fetal. Un trueno sonó en la lejanía. Toda la tensión, la decepción, la rabia, los sentimientos contradictorios... todo salió de mí explosionando un llanto desconsolado, mientras intentaba borrar tu recuerdo con mis lágrimas, un quebrado y desgarrador ¿Por qué? salió de mis labios aún sabiendo que no hallaría respuesta. Sé que esa pregunta me perseguirá por mucho, mucho tiempo... ¿Por qué, por qué...?
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Obra registrada. Código: 1111250598946

domingo, 25 de septiembre de 2011

Al son de nuestra pasión (Erótico)


XVIII
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Soy tuya, eres mío, somos uno...
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Perlado todo mi cuerpo brilla,
brotando el cáliz de la pasión.
Vientos jadeantes brotan,
de lo profundo del corazón.
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Soy tuya, eres mío, somos uno...
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Baile unísono y rítmico,
acompasado con furor.
Música en mis oídos
son tus susurros amor.
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Soy tuya, eres mío, somos uno...
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Cabalgando con brío,
cual corceles salvajes.
Recorremos siluetas,
marcando paisajes.
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Soy tuya, eres mío, somos uno...
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Desplomados cuerpos inertes,
vencidos tras ardua batalla.
Pupilas fijas en pupilas,
mudo hablar complaciente.
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Soy tuya, eres mío, somos uno...
.
Tuyo y mío suena el corazón,
sin saber cual es cual.
Ambos laten fuertemente,
al son de nuestra pasión.
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Soy tuya, eres mío, somos uno...

sábado, 17 de septiembre de 2011

Fénix


Las paredes que lindan mi existencia comienzan a rasgar la armadura de mi tesón, siento que se estrechan día a día. Cada vez soy más consciente que no tengo escapatoria y pronto sucumbiré ante el desidio de mi voluntad. Me sentía libre para volar y así lo hacía, así lo creía. Pero era una falsa libertad, pues desplegaba mis alas a mi antojo, sí, pero nunca me escapé de mi jaula de cristal. Me conformaba con revolotear en mi prisión y admirar el horizonte, sin llegar nunca a desear conocer su finito.
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El aire se ha vuelto espeso, me cuesta respirar. Un hedor putrefacto impregna mi espacio vital. Todo lo que toco se desintegra con un macabro siseo, transformándose en cenizas y polvo.
Contemplo impotente la destrucción de mis anhelos, la desintegración de mi espíritu. Las cadenas que me aprisionan provocan llagas sangrantes y me obligan a sucumbir al cruel destino que me espera.
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De mis ojos opacos supuran lágrimas de hiel que abrasan mis pupilas, la ceguedad se apodera de mí y me alivia, prefiero no observar por más tiempo lo que ocurre a mi alrededor. El verde y sosegado paisaje que antes contemplaba, se tornó en una ciénaga pestilente de lodo corrosivo que hacía arder mis ojos.
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Repto entre barro y cenizas, notando que, a cada movimiento las pocas fuerzas que aún quedan en mí, se desvanecen como el último haz de luz del ocaso.
Extasiada, sucumbida y derrotada, me desplomo esperando el final, deseando que llegue, convencida que así, podré descansar al fin. Intento cerrar los ojos, pero siquiera me quedan fuerzas para ello. Me concentro en el sonido de mi corazón, su latido se va relantizando por momentos. Mi cuerpo se petrifica, mi corazón comienza a colapsarse por el herrumbre de la derrota, siento que el fin está cerca. Pronto sucumbiré a mi sino...
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Mi mente, con voluntad propia, se revela. Abre la Caja de Pandora en el cual guardaba todos mis sueños. Los recuerdos bombardean mi mente, calentando mi interior. Muevo un dedo, un gesto casi imperceptible, pero lo muevo. Entonces, ocurre el milagro...
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En el lugar más recóndito de mi alma, una exigua llama, comienza avivar mi razón. Todo mi ego, mi razón, mi ser... todo, comienza a calentarse poco a poco. La desidia ante la derrota había destruido todo de mí, excepto la esperanza reencarnada en esa llama que, poco a poco, va recuperando su fuerza vital. Avivando mi espíritu, recordando quién fui, quién soy aún.
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Empieza la metamorfosis. Mi pétrea figura comienza a desentumecerse, a medida que voy adquiriendo movilidad, mi fortaleza va en aumento. Con cada movimiento voy renovando energía, va aunmentando la fuerza de mi interior. Con gestos lentos pero seguros, consigo ponerme en pie. Siento que flaqueo, pero la llama se agita vivaz y me sostengo con firmeza. Mi corazón sale de su letargo impregnando todo mi ser de vitalidad y seguridad. Lágrimas de ilusión brotan en mis ojos, los torna brillantes y vivaces, la salina de su néctar limpia la agonía, purifica mi interior. Comienzo a caminar.
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Bajo mis pies nacen pequeños brotes verdes, florecen con rapidez expandiendose y devorando con furia el paisaje desolador. Siento que la llama de la esperanza es cada vez más fuerte, se desprende de mi alma elevándose hacia el cielo con una luz tan cegadora como el Sol. Su luz impregna el árido lugar, transformando cada rincón. El aire se vuelve puro, la luz invade más allá donde alcanza la vista, los muros que se alzaron se agrietan y caen con aplomo. Mi jaula de cristal estalla en mil pedazos.
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Al fin soy libre de mis miedos, alzo los brazos hacia el cielo, dejo que la esperanza impregne en mí todo el valor perdido, siento que me fortalezco. Extiendo mis alas con energía renovada, ahora sí, siento que puedo hacerlo, debo hacerlo. Las agito con timidez, poco a poco, me desprendo de mis cadenas y vuelo, sí, vuelo vigorósamente hacia mi horizonte, hacia mi verdadero sino. Impulsada por esa fuerza inquebrantable que jamás me abandonó... Las ansias de libertad.
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Sylvia Ellston.
Obra registrada. Código: 1111250598922
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lunes, 5 de septiembre de 2011

El camino


Me siento aletargada, camino sin rumbo sobre un sendero yermo. Figuras grises, de formas etéreas y miradas opacas se cruzan ante mí, no me ven, eso me alivia y asusta a la vez. Inexplicablemente me siento sola, treméndamente sola.
¿Dónde estoy, cómo he llegado aquí?, aunque las preguntas las realizo desde el fondo de mi ser, resuena hasta en el más recóndito rincón de este lúgubre paraje alejándose a cada resueno del eco.
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El camino se ramifica, infinidad de sendas rocosas se hallan ante mí. Tomo una sin pensar, sé que ése es mi camino, lo sé. En cuanto inicio la ruta, una calma absoluta se apodera de mí. El temor, la duda... todo se ha desvanecido. Comienzo a comprender qué ocurre y eso me sosiega. Lo que ha de venir, vendrá.
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El sendero es estrecho, arduo camino del sino que me resulta familiar. Siento que ya estuve aquí, sé que recorrí no esta ruta, otra parecida pero unificada a las anteriores que ya realizé. Ignoro el número de veces que así lo hice, pero es un giro más al círculo de mi destino marcado. Sólo siento un pequeño pesar, pues compruebo que no es el último giro, aún falta para llegar al final del camino.
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La linde del camino está salpicado por pequeñas cavidades cubiertas de aguas cristalinas en un lado y turbias en otro. Con desasosiego, compruebo que casi se igualan en número. En esos pequeños charcos están reflejados los retazos de mi existencia mortal. Todas mis acciones, todos mis pensamientos y a los actos posteriores que conllevaron están representados ante mí, en la gran balanza del Karma que ante mi se halla.
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Una etapa de mí culminó, a medida que avanzo los recuerdos de la vida que abandono comienzan a disiparse. "Ya no soy una taza de té", evoqué este pensamiento, la conté infinidad de veces, era una forma sencilla de explicar a los infantes y nuevos creyentes sobre el estigma de la reencarnación:
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"Nuestro cuerpo es como una taza de té, cuando su tiempo en esta vida se extingue, se rompe. El té de su interior es nuestra alma. Al romperse la taza, el té se diluye en la tierra, es evaporada hasta los cielos convertida en lluvia, esta lluvia cae sobre los ríos. El agua de los ríos llega a las casas y se prepara té en tazas nuevas, en lugares distintos. Cuanto más solidifiquemos nuestro interior, enriquezcamos nuestra alma con sabiduria y bondad... Más esencia del té anterior, podrá ubicarse en la nueva taza y menos recorrido quedará para llegar al Nirvana".
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No, ya no soy una taza de té, soy el líquido desparramado, mezclado entre las aguas de la lluvia, esperando caer en una nueva taza. Miro con un ápice de tristeza los charcos que representan mi vida ya inexistente. Los recuerdos, las personas que conocí, los que me hicieron llorar, los que me hicieron reir... Pronto, muy pronto los olvidaré, es el sino. Pero me consuela saber, que, mientras alguien me recuerde, mientras alguien sepa que una vez existí, nunca me desvaneceré del todo, habitaré en sus corazones, susurraré en sus sueños....
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Continúo caminando, una densa bruma oculta el sendero, no veo mis pies. A medida que avanzo, la bruma sube poco a poco, sumergiéndome en ella a medida que avanzo. Puedo ver el final del camino, que no es otro que, el comienzo de uno nuevo. La luz, la inmensa luz que me transportará a mi nueva vida, con caminos ya marcados. "Todo lo que ha de pasar pasará, árduo es el camino de la vida y todo tiene un porqué y una razón. Sólo cuando llegamos a la meta entendemos el motivo, por eso debemos aceptar las cosas tal y como vienen pues así ha de ser".
Una calidez reconfortante me rodea cuando atravieso la luz, siento que mi mente, mis recuerdos, se deshacen en jirones, cierro los ojos mientras susurro con un ligero tono de ruego....
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"Ya no soy una taza, ya no soy una taza.... Quiero ser té, no quiero ser agua, quiero ser té".

Obra registrada. Código: 1111250598892

viernes, 26 de agosto de 2011

Hoy soñé... una utopía (Poesía)

XVII

Hoy soñé, viví un sueño,

Mil errores corregidos
Los males fueron perdonados.
Mis añoranzas fueron alcanzadas.
Las tristezas subsanadas.

Hoy soñé, viví un sueño.

extendí mis manos y toqué el cielo.
abrí las alas y me fui del infierno.
desperté de mi letargo eufórica.
durmió para siempre el temor.

Hoy soñé, viví un sueño.

Mi pluma llegaba a todos.
El mensaje se difundía.
Todos compartían.
La felicidad al día.

Hoy soñé, viví un sueño.

La cruel realidad se transformó.
Injusticias castigadas.
Resignación compensada.
Paz y calma absoluta.

Hoy soñé, viví un sueño...


Obra registrada. Código: 1111250598878

domingo, 14 de agosto de 2011

La merienda

Miro el reloj, las seis, suspiro profundamente y me dirijo a la ventana. Desde allí espío a los niños que juegan alegremente en la calle, mis amigos. Algunos niños chutan la pelota entre mordisco y mordisco de sus bocadillos, conozco sus gustos, bueno, más bien, las costumbres de sus madres: manteca, mortadela, fiambre.... Siento que el estómago se retuerce impaciente provocando un pequeño rugido a modo de protesta.
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Me dirijo a la cocina por enésima vez, y por enésima vez, observo largo y tendido el contenido del frigorífico. Vacío, como mi estómago. Bueno, vacío no, en el estante central hay un objeto ovalado de color marrón, puede que fuese un limón o una pieza de fruta de no se sabe cuanto tiempo. También hay un tronco de apio, arrugo la nariz conteniendo la respiración mientras le doy un mordisco, pero no puedo, a pesar del hambre mi instinto infantil a rechazar la verdura me obliga a escupir. Inspecciono los armarios, poca cosa, legumbres y un par de latas de carne, esas que tanto me gustan cuando mi madre las sirve con abundante arroz blanco para que el plato esté más lleno. Son de la misma marca de las galletas, la leche y las legumbres... Cruz Roja.
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Galletas, uf, el estómago vuelve a protestar, con pesar recuerdo lo rápido que devoré las galletas. Me hice la promesa de comer sólo tres al día para que durasen más, me conciencio con determinación al igual que todas las veces que observo la despensa vacía, pero que olvido al instante cada vez que mi madre llega con esas abultadas bolsas llenas de cosas. Esos, son mis mejores días, me siento de igual a igual con mis amigos, metiendo cosas en el armario. Observando con emoción contenida el interior de las bolsas, salto nerviosa, canturreo alegre pues sé que al día siguiente seré una más en el colegio cuando suene la campana y saque de mi mochila la merienda. Al menos durante unos días, no tendré que encerrarme en el baño para que no se me abra el apetito viendo a mis amigos comer e incluso tirar a la basura el resto que no quisieron mientras yo, llenaba mi estómago bebiendo agua directamente del grifo, como mi madre solía decir: "Engañar al hambre", pero era una falsa ilusión, sólo la esquivabas un rato porque se resistía a dejarme.
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Vuelvo al salón de nuevo, algunos ya terminaron la merienda, pero aún quedaban unos pocos, aún no podía baja a jugar con ellos. Nadie picaba el timbre, todos me creían cuando les decía que no podía bajar porque a mi madre no le gustaba en absoluto salir a la calle con comida, en parte era cierto, la excusa era perfecta. Así no sufría yo y así no sufría mi madre. Lo peor de pasar hambre, es la vergüenza que la acompaña.
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Suspiro impaciente, sólo faltaban diez minutos para que mi madre llegase. A las seis y media, me lo prometió. Como cada quince, iba al supermercado a comprar la comida, aunque yo me ofrecía para ayudarla siempre se negaba. Sonreía con esa mirada triste y me pedía que esperara como una niña buena.
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Imaginé que el supermercado debía estar lejos, pues yo miraba los letreros de los comercios que estaban por los alrededores de mi casa, e incluso los que observaba desde la ventanilla del autobús escolar durante toda la ruta, pero en ninguno pude ver el nombre del supermercado donde mi madre compraba, "Cáritas".
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El chasquido de la puerta me arranca de mis pensamientos con brusquedad, me dirijo rauda hacia la entrada para recibirla, hoy tiene una mirada especial, parece que la tristeza es más tenue en sus ojos. Me siento como si fuese navidad, observando con ilusión las cosas, metiendo en el armario los paquetes. Me doy mucha prisa, pues cuanto antes acabe, antes podré comer. Cuando metí la última lata en la despensa, me senté esperando impaciente mi recompensa en silencio. Nunca pedía, nunca decía que tenía hambre, hacía mucho que aprendí que eso es lo que más hacía llorar a mi madre.
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Con mirada confidente se sentó a mi lado, observé con soslayo que nada había sacado de la despensa. Tenía a mi madre demasiado cerca, crucé los dedos rogando a mi estómago que guardara silencio mientras ella esté a mi lado. Tenía la mano sobre la mesa y cuando la retiró dejó sobre la mesa una chocolatina. ¡¡¡Una chocolatina!!!, casi me desmayo de la emoción, saltaba y reía a la vez que me comía a mi madre a besos.
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Me fui de nuevo hacia la ventana y allí, sentada con las piernas cruzadas sobre la silla, observé a mis amigos jugar mientras comía tal delicioso y lujoso manjar. Despacio, muy despacio. Dando pequeños mordiscos, lo justo para que el dulzor invadiese mi paladar. Sonriendo feliz mientras ignoraba que, apoyada en el quicio de la puerta, mi madre me observaba sonriendo amargamente, mientras, una lágrima se deslizaba por su mejilla.
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Obra registrada. Código: 1111250598861